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Venezolanos denuncian deportaciones exprés en el sur de México – Animal Político

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octubre 26, 2022

Son las 8:30 de la mañana en Tegucigalpa, la capital de Honduras. Michel Alejandro, un migrante venezolano de 24 años, aún tiene los ojos hinchados por el sueño. No ha dormido bien, como sus decenas de compatriotas que pasaron la noche en la calle, refugiados en la explanada del Congreso hondureño. Ahí les dijeron que al menos estarían algo más a salvo de las pandillas, de las ‘maras’ que se apoderaron de la ciudad y de todo un país donde ejercen violencia extrema.
Junto a un puestecito pintado de rojo, donde cuelgan portadas de nota policiaca con enormes letras que anuncian noticias como “Mara asesina a joven cuando amamantaba a su bebé”, Michel, que era estudiante universitario antes de abandonar su tierra, se coloca en el cuello una desgastada bandera de Venezuela: amarilla, azul y roja. 
Aunque todavía es temprano, el bullicio en el corazón de Tegucigalpa ya es ensordecedor: cientos de personas caminan de un lado para otro metiéndose por las laberínticas callejuelas estrechas y sucias del casco antiguo de la ciudad.
Michel observa el reloj de la plaza: es hora de intentar buscar unas monedas para comer y para el pasaje del camión. El reto es mayúsculo. Honduras, además de ser uno de los países más violentos del mundo, también está entre las naciones más pobres de América Latina. Aun así, como los otros migrantes venezolanos que lucen banderas para ser rápidamente identificados por quienes dan alguna ayuda, el joven comienza a caminar por la explanada que rodea la catedral y la estatua a caballo de Francisco Morazán, uno de los héroes nacionales de Honduras que da nombre a la cabecera departamental donde se encuentra Tegucigalpa.  
“Por favor, una ayuda. Somos migrantes venezolanos”, pide tímido el joven, que en la mano derecha sostiene un fajo de lempiras hondureñas, que, pese a lo aparatoso de los billetes, apenas suma un dólar estadounidense. 
A diferencia de otros migrantes, que aseguran e insisten en que van a intentar llegar a Estados Unidos pese al reciente anuncio del gobierno de aquel país de que ya solo recibirá a venezolanos que lleguen legalmente por vía aérea, Michel dice que, al menos por el momento, ya tiró la toalla.
—Me arrebataron el sueño americano. Yo ya voy de regreso pa’ tras —asegura con una sonrisa floja, para a continuación afirmar que su próximo destino es Costa Rica. Ahí esperará a que “se calme la tormenta” migratoria que ha llevado a EU a endurecer su política de asilo hacia los venezolanos, mientras que México, en concordancia con Washington, hizo lo propio al anunciar por medio de su Cancillería que también emitió nuevas restricciones para los venezolanos que quieran visitar el país. Entre esas restricciones está presentar documentos que acrediten arraigo, como la escritura de bienes inmuebles o comprobar que tienen empleo o cuentas bancarias. 
Tras girar la visera de su gorra hacia atrás, y con ambas manos metidas en los bolsillos de un ajado y sucio pantalón, Michel cuenta que su particular odisea, tanto la de ida hacia EU como ahora la de vuelta a Centroamérica, ha sido extenuante. 
De Venezuela, de donde salió con su hija de año y medio por motivos económicos —“Allá, si no estás a favor del gobierno de Maduro no consigues trabajo, y si lo consigues te pagan una miseria”—, emigró a Medellín, Colombia. Ahí permaneció un tiempo trabajando para reunir “la plata” suficiente con la que emprender el sueño de llegar a EU. Luego, por medio de autobuses, combis y largas caminatas, se adentró a la frontera entre Colombia y Panamá, a la zona conocida como “Tapón del Darién”. 
—En esa selva ves muertos por todas partes. Es terrible —dice.
FOTO: Manu Ureste
Una vez que gastó todos los ahorros en pagar a traficantes para cruzar la selva, permaneció otra temporada en Costa Rica y Nicaragua, para finalmente cruzar Honduras y Guatemala, y llegar a la frontera sur mexicana. 
Fue ahí, poco antes de llegar a Tapachula, Chiapas, donde Michel se encontró con otro “tapón”: un muro verde de soldados y agentes de migración que le frenó en seco el paso.
—Me agarraron como si fuera un delincuente o un traficante, con un montón de soldados apuntándome con todas esas armas largas —dice, ahora con una sonrisa divertida, aniñada, y sosteniendo con ambas manos un imaginario fusil de asalto—. Y pues, asustado, a uno lo ponen a caminar ese sol tan bravo de vuelta pa’ tras. No sé cuántas millas caminé, mientras ellos iban arriba de una camioneta siguiéndome.
—O sea, ¿no te llevaron a una estación migratoria? —se le pregunta—. ¿Solo te agarraron y te llevaron caminando de vuelta para la frontera con Guatemala?
—Sí, me llevaron obligado para atrás. Te ponen a caminar para regresarte —insiste—. A una muchacha, que tenía dos niños, le hicieron lo mismo. Ella se arrodillaba pidiéndoles que la subieran en la camioneta para poder seguir, pero no la ayudaron. Migración no te regala ni agua, ni te ayuda en nada. Es mentira que ayuden al migrante —dice Michel, que a continuación se guarda el fajo devaluado de billetes en el bolsillo del pantalón. Aún le falta mucho para alcanzar las 100 lempiras con las que espera dormir esta noche en la cama de una vieja pensión del centro de Tegucigalpa. 
Cerca de donde está el estudiante venezolano, bajo la sombra generosa de unos árboles próximos a la desembocadura de una larga calle peatonal repleta de restaurantes de comida rápida, pollo frito y las típicas baleadas hondureñas, se encuentra Eduardo Tapia, un albañil venezolano de 38 años que va acompañado de un compatriota de gesto cansado.
Ellos, tras ser detenidos por migración en la frontera del sur de México, también van de regreso, aunque todavía no tienen claro cuál será su próximo destino. Lo único que tienen claro, aseguran al unísono, es que no van a regresar a su país, del que dicen que la situación económica está tan deteriorada que no les alcanza ni para comprar los productos básicos de alimentación ni de higiene personal. 
—Mi sueño era el sueño americano. Pero ese sueño ya se me cayó porque nos cerraron la frontera —dice Eduardo, que sobre la banqueta deja reposar una mochila de la que sale la mitad de una esterilla que utiliza como cama en el suelo de la calle. 
—¿Hasta dónde llegaron? —se le cuestiona. 
—Hasta Tapachula, en México. Ahí nos agarró la patrulla fronteriza mexicana, que hizo que nosotros los siguiéramos caminando. No nos permitían agarrar buses, ni nada. Solo caminar. 
—¿Pero la patrulla fronteriza mexicana no los llevó a ninguna estación migratoria? ¿Tuvieron que caminar de vuelta hasta la frontera?
—Sí, de vuelta caminando, y luego, ya en la frontera, nos subieron a un bus para Guatemala. 
—¿No intentaron cruzar de nuevo a México? 
—No, porque viendo ya lo que está pasando, que están cerrando fronteras, decidimos devolvernos, pues. Y aquí estamos, con el corazón destrozado y pidiendo para devolvernos porque no traemos nada de dinero. 
FOTO: Ethan Murillo
Previo a la publicación de este reportaje, Animal Político preguntó al Instituto Nacional de Migración (INM) acerca de esta práctica denunciada por los migrantes venezolanos, en cuanto a que fueron expulsados de manera exprés y haciéndolos caminar por su propio pie hasta la frontera. Sin embargo, al cierre de la edición, no hubo respuesta. 
No obstante, lo dicho por los venezolanos no representa un caso aislado. Precisamente, el pasado lunes, este medio publicó que Lorena Cano, coordinadora jurídica del Instituto para las Mujeres en la Migración (Imumi), señaló que el gobierno mexicano está orillando a venezolanos como Michel y Eduardo a abandonar el país bajo su propia responsabilidad para ahorrarse los costos de la deportación. 
“Lo que hace México es lavarse las manos para evitar el retorno de las personas y están obligándolas a que por su propio pie salgan y abandonen el país”, expuso la activista. 
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A eso de las 5:00 de la tarde, el ocaso comienza a descender sobre Tegucigalpa. Con la oscuridad, casi de inmediato la vida se paraliza: los puestos de comida cierran sus puertas, los cafés bajan las persianas, y todo el mundo comienza a caminar frenético para emprender la vuelta a casa. Oficialmente, no hay ningún toque de queda, pero las calles se vacían en minutos por el miedo a las pandillas, los asaltos y las balaceras que se escuchan con facilidad por la ciudad. Solo unos pocos vendedores ambulantes que apuran los escasos rayos del sol continúan vociferando que venden aguacates mexicanos por unas pocas lempiras. 
Everly Velázquez, venezolana de 31 años madre de tres hijos, apura a su cuñada, una joven alta y muy delgada que lleva al cuello una funda de plástico donde guarda con celo algunos documentos, para que comiencen a preparar la vuelta a la explanada del Congreso, donde dormirán junto a otros venezolanos en espera del nuevo día. 
Everly cuenta que, como la gran mayoría que han salido huyendo de su país, decidió migrar por la mala situación económica y por la inestabilidad política y social en la Venezuela del régimen de Maduro. 
—Decidí vender todas nuestras pertenencias para poder llegar a los Estados Unidos, ya que el presidente de allá nos estaba abriendo las puertas. 
Sin embargo, la venezolana, pescadera de profesión, además de peluquera, dice que fue saliendo de la selva del Darién donde la noticia de las nuevas restricciones de EU les cayó como un mazazo inesperado. 
—Ahora nos encontramos con esta mala noticia de que ya no quieren a ningún venezolano. Y pues ha sido muy difícil, porque es como si después de haber dado tantos pasos hacia adelante, después de haber sufrido tanto y de haber vendido todas nuestras pertenencias, ahora quieren que nos vayamos de nuevo para atrás. 
FOTO: Ethan Murillo
A pesar del anuncio estadounidense, Everly asegura que, a diferencia de sus compatriotas Michel y Eduardo, ella no piensa renunciar a intentar acceder a EU, máxime después de haber sobrevivido con su esposo y su cuñada “al infierno” del Darién, donde asegura que vieron “a muchas personas muertas”. 
—Fueron días de desespero —resume con los ojos verdes muy abiertos y frotándose los brazos repletos de tatuajes—. Caminas día y noche por una selva donde no sabes dónde está la entrada ni la salida. Para mí, fue la peor experiencia que he vivido en mi vida. 
Por ello, insiste en que se niega a atravesar esa selva de nuevo: ya salvó una vez el pellejo y no piensa arriesgarse de nuevo. 
—Yo, lo que le pido al presidente de Estados Unidos es que no nos abandone —dice ya con la mochila al hombro, mientras comienza a caminar con su cuñada hacia la explanada-refugio del Congreso, donde varios policías nacionales ya resguardan el recinto legislativo—. Le ruego que no abandone a todos los venezolanos que, como nosotros, ya veníamos en camino cuando anunció su nuevo plan —agrega la mujer—. Porque si aún estuviéramos en Colombia, va, lo entiendo, no se pudo entrar y pues ya. Pero ya habíamos pasado lo peor, la selva. Y ahora que estamos cerca no nos puede dejar así, tirados en la calle y a la deriva. El presidente tiene que abrirnos un poco la mano. Necesitamos ayuda
“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza”, decía el poeta argentino Juan Gelman.
Sin embargo, en el mundo hay alrededor de 281 millones de migrantes internacionales (el 3.6 % de la población), según los datos de 2020 de la ONU.
Hay quienes emigran porque así lo desean, pero también quienes se ven obligados a ello. A finales de 2019, las personas desplazadas a la fuerza eran más de 79.5 millones según ACNUR.
Sea algo elegido o no, los migrantes, con las raíces a miles de kilómetros, puede que nos sintamos como decía Gelman: como una “planta monstruosa”. Y habrá circunstancias en nuestra llegada a destino que suavizarán esa condición o la empeorarán.
Y esto, sin duda, puede repercutir en nuestra salud mental.
El psiquiatara español Joseba Achotegui trabaja con temas relacionados con migración en la Asociación Mundial de Psiquiatría, de la que es secretario. A partir de 2002 empezó a ver que algo cambiaba. “Se cerraron las fronteras, empezaron políticas más duras contra la migración, la gente dejó de tener acceso a papeles, había una enorme lucha por la supervivencia”, cuenta a BBC Mundo.
Y esto se reflejó en cómo acudían los pacientes a su consulta: “Estaban indefensos, asustados, sin poder salir adelante”.
En concreto, vio que muchos migrantes que viven situaciones difíciles presentaban “un cuadro reactivo de estrés muy intenso, crónico y múltiple”.
Achotegui le puso nombre: Síndrome de Ulises.
Aclara el psiquiatra que esto no es una patología, ya que “el estrés y el duelo son cosas normales en la vida”, pero sí remarca la peculiaridad del síndrome que deja al migrante, de nuevo, en la frontera. Pero esta vez entre la salud mental y el trastorno.
Normalmente asociamos la palabra “duelo” al sentimiento tras las muerte de un ser querido. Los psicólogos lo relacionan con cualquier pérdida que tenga el ser humano, como dejar un trabajo, la separación de una pareja o cambios en nuestro cuerpo.
“Cada vez que experimentamos un pérdida, tenemos que acostumbrarnos a vivir sin eso que teníamos y adaptarnos a la nueva situación. Es decir, hay que elaborar un duelo”, explica la psicóloga experta en duelo migratorio Celia Arroyo.
Así, el duelo migratorio está asociado a este gran cambio en la vida de una persona. Pero tiene características que lo hacen especial, ya que es un duelo “parcial, recurrente y múltiple”.
Parcial porque no es una pérdida total como ocurre con la muerte de alguien; recurrente porque con cualquier viaje, comunicación con el país o echar un simple vistazo a una fotografía en instagram puede reabrirse; y múltiple porque no es solo una cosa la que se pierde, sino muchas.
Joseba Achotegui agrupó estas pérdidas en 7 categorías. La más evidente suele ser la pérdida de la familia y los seres queridos. También está la pérdida de estatus social, algo que, dice Arroyo, suele pasar por la condición de migrante pero si, además, “el país de origen es xenófobo, supone una gran adversidad”.
Otro duelo que el migrante pasa es el de la pérdida de la tierra. Por ejemplo, extrañar un paisaje montañoso o los días llenos de sol.
Se suma el duelo del idioma, que será más fuerte en la medida en que se migre a un país con otra lengua. Puede ser una verdadera barrera para, por ejemplo, hacer un trámite burocrático y mandar un simple correo electrónico.
Por último, está la pérdida de los códigos culturales, que puede significar algo tan sencillo como no tener con quién “echar un pie” y bailar salsa o con quien compartir un mate.
Y, asociado a esto, y como último duelo, está la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, con aquellos con quien podemos hablar en los mismos códigos, que entenderán nuestros modismos y forma de ver la vida.
El síndrome de Ulises es cuando, además de tener que pasar estos siete duelos normales para un migrante, se hace en condiciones difíciles, explica Achotegui.
“Cuando hay dificultades o se rechaza a la persona en la sociedad de acogida puede darse este síndrome”, explica Guillermo Fauce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Psicología sin Fronteras.
No es lo mismo llegar a un país nuevo con un trabajo ya estable que sin nada en firme; tener o no un techo y comida asegurados, entrar ya con visa o con un estatus legal por definir. Tener o no ciertas condiciones suma puntos y estrés.
El rechazo que puede tener más impacto es no tener papeles o no poder acceder a determinados recursos”, dice el psicólogo.
A su vez, Achotegui explica que esta situación hace que los migrantes no puedan salir adelante y genera tensión y problemas de supervivencia, otro detonante más.
Al coctel puede sumarse el no tener personas a nuestro alrededor que nos brinden apoyo, no solo material (donde vivir, comer, dormir), sino también emocional. “Muchos migrantes sufren situaciones de soledad, están aislados”, remarca Achotegui.
Fauce señala que también hay un apoyo simbólico que, de no darse, es otro detonante más. Se trata de que el entorno del migrante entienda y reconozca su condición, “que está pasando por un situación complicada, transitando muchos duelos y que se le permita un periodo de transición en la sociedad de acogida”.
A veces puede pensarse que “lo peor” ha pasado tras cruzar una frontera en malas condiciones, pero, en el país de acogida, la sensación de indefensión, de estar sin derechos y los posibles abusos laborales y sexuales pueden dar lugar a un cuarto detonante: el miedo.
Los expertos consultados añaden que esta situación de vulnerabilidad que puede dar lugar al síndrome de Ulises se hace mayor cuando se es mujer.
Los síntomas pueden ser los mismos, dice Achotegui, que podemos tener cuando pasamos una mala época: dormimos mal, nos cuesta relajarnos, dolores musculares o de cabeza, enfado, nerviosismo, tristeza.
Fauce señala que, por un lado, se puede entrar en una suerte de estado depresivo y de tristeza, de encerrarnos en nosotros mismos y, por otro, estar hiperactivos y ansiosos, algo que al final nos va a quitar energía.
Esto puede hacer que el síndrome de Ulises se confunda con otras enfermedades mentales como depresión o estrés postraumático y que trate de medicalizarse.
Pero, en este caso, cuando se solucionan los obstáculos que dieron lugar al síndrome (hay trabajo, cierta estabilidad, menos estrés, etc,), desaparece.
“Si se sigue adelante, se consigue trabajo y hay una cierta estabilidad pero sigue habiendo síntomas, ahí hay algo más que evaluar y hay que intervenir de otra manera, porque puede que haya otra cosa ya del plano psiquiátrico, como un cuadro depresivo”, sostiene Achotegui.
Así, cuando el malestar se convierte en permanente o impide que hagamos nuestra vida, hay que prender las alarmas. Otras muestras de alarma que señala Fauce son si aparecen ataques de ira, nuestras relaciones personales se ven afectadas o “se cogen atajos, como consumir drogas, alcohol, hay gastos desmesurados o se hacen deportes de riesgo”.
“Es fundamental crear una red de apoyo social, estar en contacto con otros inmigrantes y compartir vivencias”, señala Celia Arroyo. Para esto es bueno buscar migrantes de nuestra nacionalidad o grupos de apoyo específicos donde vivamos.
Al respecto, Achotegui dice que esto hace que haya “menos riesgo de trastorno mental”, pero quedarse muy anclado con nuestra comunidad puede hacer que se prospere menos. “Si no te metes en la sociedad de acogida, costará progresar. Es un equilibrio”.
Al final se trata de mantener “la raíz” con agua, pero no olvidarnos de nuestras hojas, del lugar donde reciben el sol.
También recomienda Achotegui hacer ejercicio y actividades que bajen el estrés.
Fauce remarca que “los cortes radicales no funcionan, ni las decisiones drásticas” ya sea respecto al país de origen o al de acogida y a las relaciones creadas en ambos.
Arroyo señala que, aunque es complicado dar un tiempo preciso, si tres meses después de haber conseguido una estabilidad el sufrimiento que sentimos no ha disminuido, es buen momento para pedir ayuda psicológica.
La sociedad de acogida juega un papel importante, pero quien no ha vivido esta situación puede que no entienda qué implica el duelo migratorio ni el estrés sostenido que deriva en el síndrome de Ulises. Esto puede hacer que no sepamos cómo ayudar, qué decir o hacer.
Celia Arroyo recomienda que el entorno permita a quien esté esta situación que se exprese libremente y pueda hablar de qué le pasa y cómo se siente.
“Es importante no minimizar su sufrimiento ni generar falsas esperanzas” ante un futuro que es incierto cuando, por ejemplo, hay una visa o un trabajo que no llega.
Como en cualquier duelo, hay que evitar frases del estilo “ya se te pasará”, “no es para tanto”, “eso son miedos tuyos” o “todo saldrá bien”.
Achotegui sugiere ni compadecer ni victimizar: “Hay que acercarse con respeto, incluso con cierta admiración. El migrante es una persona fuerte, alguien que está yendo hacia adelante”.
A la vez, es importante respetar su cultura, mentalidad y cosmovisión.
Si nos cuesta conectar emocionalmente con alguien en esta situación, Fauce recuerda que todos hemos sufrido alguna pérdida y que es un buen ejercicio conectar con la emoción que tuvimos para empatizar con el migrante. Y pensar que, como escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi, emigrar, partir al fin, es siempre partirse en dos.
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