Amín Anchondo
/ lunes 21 de febrero de 2022
Por: Amín Anchondo
Esta semana me tocó ver algo que nunca había visto de forma tan burda. En los baños de restaurantes, antros y bares en otro estado de la República estaba siempre una persona vendiendo drogas de todo tipo, pero gritando a todo el que entraba ofreciendo los productos. Esta es una realidad que se vivía desde hace muchos años, pero nunca había visto tanto descaro a la hora de hacerlo. No me asusta el hecho de ver algo que ya sabía que existía, pero lo que sí se notó es que el mundo de las drogas ya superó al propio Estado mexicano.
Por un lado, tenemos una cantidad impresionante de consumidores que buscan sus diferentes drogas a como dé lugar. Son personas que están decididas a consumir y que buscarán satisfacer su necesidad de alguna u otra forma. Siempre que exista cliente, existirá proveedor. Una realidad (de la que mucha gente no quiere darse cuenta) es que las nuevas generaciones ven el consumo de drogas como algo cotidiano y tan normalizado que hizo crecer un mercado de consumidores exponencialmente de una generación a otra.
Por otro lado, tenemos a los delincuentes que se apropiaron del mundo de las drogas y sus derivados, y encontraron ahí una mina de oro que hizo crecer a sus grupos y que ahora lograron constituir una fuerza tan grande que supera a la fuerza del Estado mexicano. Esto es evidente a la hora que una persona te puede ofrecer lo que sea con total impunidad en un lugar público y familiar. Ellos saben que pueden hacer y deshacer sin que alguien los pueda detener.
Cuando vi estas dos realidades tan evidentes me di cuenta que el gobierno no está haciendo mucho por ninguno de los dos lados. Ni existen esfuerzos para contener o prevenir las adicciones en la población ni existen esfuerzos efectivos que hayan logrado reducir la delincuencia en este país. Entonces traté de imaginar por dónde se podría iniciar para evitar ver este tipo de hechos en un país con un Estado de Derecho tan podrido y tan débil.
Cuando se trata de pensar en esas soluciones, llegan tantas posibilidades y tantas formas de que fallen por la putrefacción de alguna arista que mejor te derrotas y piensas que no hay solución. Ahí es donde escuchamos la frase típica de conclusión: esto no tiene arreglo.
Enfrentarse a estas broncas desde el servicio público es un acto heroico aunque sea parte de las responsabilidades. Nadie se atreve porque hay un 99% de posibilidades de perder la lucha y sufrir consecuencias personales; y un 1% de posibilidades de lograr un avance que casi será imperceptible y que nadie agradecerá. Si tratar de combatir la corrupción en los gobiernos es complicadísimo y tiene las mismas posibilidades, imagínate entrarle con el narco.
Es por eso que debemos replantearnos cada quien nuestra posición frente a los problemas sociales. Podemos definir seguir viviendo la hipocresía ciudadana de exigir a los gobiernos honestidad, hablar en las mesas de amigos sobre la esperanza de un país mejor, pero tolerando la corrupción o callando injusticias. O también está el camino de enfrentar realmente al sistema político actual, que tiene al país así, y hablar con la verdad de cada quien, aplaudir lo que se debe aplaudir, pero criticar lo que realmente está mal sea quien sea. Esta última opción tiene consecuencias para los que la toman, pero vale la pena. Es importante hacer algo porque se nos está cayendo el Estado de Derecho a pedazos.
Por: Amín Anchondo
Esta semana me tocó ver algo que nunca había visto de forma tan burda. En los baños de restaurantes, antros y bares en otro estado de la República estaba siempre una persona vendiendo drogas de todo tipo, pero gritando a todo el que entraba ofreciendo los productos. Esta es una realidad que se vivía desde hace muchos años, pero nunca había visto tanto descaro a la hora de hacerlo. No me asusta el hecho de ver algo que ya sabía que existía, pero lo que sí se notó es que el mundo de las drogas ya superó al propio Estado mexicano.
Por un lado, tenemos una cantidad impresionante de consumidores que buscan sus diferentes drogas a como dé lugar. Son personas que están decididas a consumir y que buscarán satisfacer su necesidad de alguna u otra forma. Siempre que exista cliente, existirá proveedor. Una realidad (de la que mucha gente no quiere darse cuenta) es que las nuevas generaciones ven el consumo de drogas como algo cotidiano y tan normalizado que hizo crecer un mercado de consumidores exponencialmente de una generación a otra.
Por otro lado, tenemos a los delincuentes que se apropiaron del mundo de las drogas y sus derivados, y encontraron ahí una mina de oro que hizo crecer a sus grupos y que ahora lograron constituir una fuerza tan grande que supera a la fuerza del Estado mexicano. Esto es evidente a la hora que una persona te puede ofrecer lo que sea con total impunidad en un lugar público y familiar. Ellos saben que pueden hacer y deshacer sin que alguien los pueda detener.
Cuando vi estas dos realidades tan evidentes me di cuenta que el gobierno no está haciendo mucho por ninguno de los dos lados. Ni existen esfuerzos para contener o prevenir las adicciones en la población ni existen esfuerzos efectivos que hayan logrado reducir la delincuencia en este país. Entonces traté de imaginar por dónde se podría iniciar para evitar ver este tipo de hechos en un país con un Estado de Derecho tan podrido y tan débil.
Cuando se trata de pensar en esas soluciones, llegan tantas posibilidades y tantas formas de que fallen por la putrefacción de alguna arista que mejor te derrotas y piensas que no hay solución. Ahí es donde escuchamos la frase típica de conclusión: esto no tiene arreglo.
Enfrentarse a estas broncas desde el servicio público es un acto heroico aunque sea parte de las responsabilidades. Nadie se atreve porque hay un 99% de posibilidades de perder la lucha y sufrir consecuencias personales; y un 1% de posibilidades de lograr un avance que casi será imperceptible y que nadie agradecerá. Si tratar de combatir la corrupción en los gobiernos es complicadísimo y tiene las mismas posibilidades, imagínate entrarle con el narco.
Es por eso que debemos replantearnos cada quien nuestra posición frente a los problemas sociales. Podemos definir seguir viviendo la hipocresía ciudadana de exigir a los gobiernos honestidad, hablar en las mesas de amigos sobre la esperanza de un país mejor, pero tolerando la corrupción o callando injusticias. O también está el camino de enfrentar realmente al sistema político actual, que tiene al país así, y hablar con la verdad de cada quien, aplaudir lo que se debe aplaudir, pero criticar lo que realmente está mal sea quien sea. Esta última opción tiene consecuencias para los que la toman, pero vale la pena. Es importante hacer algo porque se nos está cayendo el Estado de Derecho a pedazos.
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