/ jueves 22 de diciembre de 2022
¿Puede Europa convertirse en un continente asociado a los Estados Unidos (EUA) tal como Puerto Rico lo es en otra escala? La respuesta del académico portugués Boaventura de Sousa Santos no sólo es afirmativa: considera que el proceso se encuentra en marcha con la entrega de la soberanía europea por parte de sus líderes.
Terminada la segunda guerra mundial, el modelo estadounidense de democracia de libre mercado se utilizó como base para la aplicación del plan Marshall de reconstrucción de Europa occidental. Progresivamente, distintos países transitaron por alianzas para la complementación pacífica de sus economías y sus pueblos, hasta integrar la Unión Europea (UE).
En lo militar, se agruparon en torno a EUA para la defensa colectiva en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) frente al poderío de la Unión Soviética. Tras la desintegración de ésta, algunas repúblicas permanecieron asociadas a Rusia, mientras que otras optaron por el occidente, con lo que el organismo bélico amplió sus fronteras orientales.
La buena relación comercial con Rusia permitió a Europa acceder a energía y otros insumos con los que desarrolló una industria altamente competitiva, y alcanzó niveles históricos de bienestar social. Al mismo tiempo, China accedió a los mercados y capitales internacionales y pudo posicionarse como centro manufacturero y prestamista global.
Por encabezar los avances tecnológicos, ser sede del complejo industrial militar y emisor del dólar como moneda de referencia, EUA era el beneficiario último de estos procesos, hasta que comenzó a perder competitividad, control e influencia en esos espacios geográficos.
Desde entonces, los principales objetivos estadounidenses son abiertamente Rusia y China, pero también lo es Europa, su aliada económica y dependiente militar, a juzgar por el tratamiento que le ha dado al inducirla a conflicto con los dos grandes países asiáticos.
Tanto en calidad de miembros de la OTAN como integrantes de la UE, la mayoría de los países del continente participaron en los planes que resultaron en la invasión de Ucrania por parte de Rusia, y en la ruptura de prácticamente todos los vínculos con ésta. El compromiso de gasto militar con la organización transatlántica, del 2% del producto interno bruto (PIB), sólo ahora comienza a ser cumplido por países europeos. El sentimiento antirruso se concretó en apoyo armamentístico, logístico, económico y humanitario al gobierno ucraniano, frente a las sanciones y expropiaciones a la contraparte que poco tiempo antes era su aliada.
No obstante la escasez de insumos estratégicos derivados de la reciente pandemia, así como de energéticos rusos que resultan en escalada inflacionaria, baja de producción y pérdida de empleos en Europa, en 2022 Alemania expande su ejército, gasta 100 mil millones de euros en armamento y anuncia la asignación en cada uno de los próximos años, de hasta 70 mil millones adicionales, más que el porcentaje del PIB comprometido.
El saldo para EUA es positivo: cierra el mercado occidental para Rusia, vende gas caro, armamento y mercancías a la UE, y atrae empresas del continente en busca de energía estable y barata, junto a trabajadores calificados. Mientras la desindustrialización alemana ocurre, las protestas en diversas calles europeas para salir de la OTAN y crear una organización continental, sólo parecen resonar débilmente en Emmanuel Macron, el presidente francés.
Por ahora, el escenario para el viejo continente es el retroceso económico y su afirmación como protectorado de EUA, comenzando por el motor alemán: el objetivo de posguerra que no imaginaron Morgenthau ni Marshall (ver mi colaboración del 8 de diciembre). Habrá que evaluar el escenario que dibuja esta desglobalización para México y América Latina.
¿Puede Europa convertirse en un continente asociado a los Estados Unidos (EUA) tal como Puerto Rico lo es en otra escala? La respuesta del académico portugués Boaventura de Sousa Santos no sólo es afirmativa: considera que el proceso se encuentra en marcha con la entrega de la soberanía europea por parte de sus líderes.
Terminada la segunda guerra mundial, el modelo estadounidense de democracia de libre mercado se utilizó como base para la aplicación del plan Marshall de reconstrucción de Europa occidental. Progresivamente, distintos países transitaron por alianzas para la complementación pacífica de sus economías y sus pueblos, hasta integrar la Unión Europea (UE).
En lo militar, se agruparon en torno a EUA para la defensa colectiva en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) frente al poderío de la Unión Soviética. Tras la desintegración de ésta, algunas repúblicas permanecieron asociadas a Rusia, mientras que otras optaron por el occidente, con lo que el organismo bélico amplió sus fronteras orientales.
La buena relación comercial con Rusia permitió a Europa acceder a energía y otros insumos con los que desarrolló una industria altamente competitiva, y alcanzó niveles históricos de bienestar social. Al mismo tiempo, China accedió a los mercados y capitales internacionales y pudo posicionarse como centro manufacturero y prestamista global.
Por encabezar los avances tecnológicos, ser sede del complejo industrial militar y emisor del dólar como moneda de referencia, EUA era el beneficiario último de estos procesos, hasta que comenzó a perder competitividad, control e influencia en esos espacios geográficos.
Desde entonces, los principales objetivos estadounidenses son abiertamente Rusia y China, pero también lo es Europa, su aliada económica y dependiente militar, a juzgar por el tratamiento que le ha dado al inducirla a conflicto con los dos grandes países asiáticos.
Tanto en calidad de miembros de la OTAN como integrantes de la UE, la mayoría de los países del continente participaron en los planes que resultaron en la invasión de Ucrania por parte de Rusia, y en la ruptura de prácticamente todos los vínculos con ésta. El compromiso de gasto militar con la organización transatlántica, del 2% del producto interno bruto (PIB), sólo ahora comienza a ser cumplido por países europeos. El sentimiento antirruso se concretó en apoyo armamentístico, logístico, económico y humanitario al gobierno ucraniano, frente a las sanciones y expropiaciones a la contraparte que poco tiempo antes era su aliada.
No obstante la escasez de insumos estratégicos derivados de la reciente pandemia, así como de energéticos rusos que resultan en escalada inflacionaria, baja de producción y pérdida de empleos en Europa, en 2022 Alemania expande su ejército, gasta 100 mil millones de euros en armamento y anuncia la asignación en cada uno de los próximos años, de hasta 70 mil millones adicionales, más que el porcentaje del PIB comprometido.
El saldo para EUA es positivo: cierra el mercado occidental para Rusia, vende gas caro, armamento y mercancías a la UE, y atrae empresas del continente en busca de energía estable y barata, junto a trabajadores calificados. Mientras la desindustrialización alemana ocurre, las protestas en diversas calles europeas para salir de la OTAN y crear una organización continental, sólo parecen resonar débilmente en Emmanuel Macron, el presidente francés.
Por ahora, el escenario para el viejo continente es el retroceso económico y su afirmación como protectorado de EUA, comenzando por el motor alemán: el objetivo de posguerra que no imaginaron Morgenthau ni Marshall (ver mi colaboración del 8 de diciembre). Habrá que evaluar el escenario que dibuja esta desglobalización para México y América Latina.
Jesús Becerra
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