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Arte y cultura

“Un niño callejero, ese soy yo”: Rafael López Castro – Milenio

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febrero 11, 2022

Rafael López Castro es “un modelo de diseñador, todo un ejemplo a seguir”, decía Vicente Rojo. El libro Suave trazo, coordinado por Alberto Tovalín Ahumada, corrobora esta certeza al documentar la trayectoria del creador de las portadas de la serie Lecturas Mexicanas del Fondo de Cultura Económica; de carteles de películas como Canoa: denuncia de un hecho vergonzoso, El apando y Frida. Naturaleza viva; de campañas en favor de la democracia, la educación y las luchas sociales; de obras de teatro, espectáculos musicales y de revistas como El Machete y Voz y voto, en la que continúa trabajando con la colaboración de su hijo Guillermo López Whirt. Son miles los diseños que López Castro ha realizado, y Suave el trazo reúne muchos de los más conocidos, entre ellos el cartel llamado Aquí y ahora, en el que un bebé desnudo se observa mientras se toca el pene, “producido —se lee en el libro— cuando Rafael formó parte del Centro de Desarrollo Humano, Instituto Wilhem Reich fundado por el Dr. Rafael Estrada Villa”, y el cual ha sido plagiado en numerosas ocasiones.
El dibujo, la fotografía, la irreverencia y el sentido del humor son característicos en la obra de López Castro, quien nació el 11 de septiembre de 1946 en el rancho El Laurel, municipio de Santos Degollado, en los Altos de Jalisco, y llegó con su familia al entonces Distrito Federal en 1950. Después de vivir un tiempo en Peralvillo y “otros lugares” se instalaron en una de las colonias más alejadas en el norte de la ciudad: la Nueva Atzacoalco.
En su casa de la calle Leonardo Da Vinci, en Mixcoac, de techos altos y llena de libros, revistas, carteles e instrumentos de trabajo, Rafael López Castro lamenta sus problemas con la memoria (“ya se me empieza a resbalar el patín”, comenta), pero no deja de bromear ni enfatizar el fervor guadalupano que le fue inculcado por su madre, Juana Castro, y del que dejó testimonio en el libro Vestida de sol, publicado por Artes de México. “La virgen de Guadalupe es mi reina”, dice sonriente mientras señala una imagen de la virgen bordada con lentejuela y chaquira, hecha casi toda por su hermana Josefina.
Con algunas dubitaciones, López Castro recuerda: “A la Nueva Atzacoalco llegué muy pequeño, no había casas, no había nada. Cuando llegamos ahí, mi papá, Jesús López, mandó construir un cuartito con tablas”. Hace una pausa y dice: “Si conociste la Nueva Atzacoalco, conociste este país, el abandono, la pobreza”. Luego continúa: “Comencé a vender paletas [de hielo], me salía con mi caja y me iba a vender a la Vasco de Quiroga, a la Díaz Mirón; cuando veía que las paletas comenzaban a derretirse, decía: ya me retiro. Alcanzaba a vender algunas de regreso y las que no, llegaba con los puros palitos”.
Tenía siete, ocho años, le gustaba dibujar y leer, “pero en ese tiempo vender paletas tenía su nivel”, dice con aparente seriedad. “Cuando regresaba, mi papá me preguntaba: ¿Cuánto vendió hoy? Le respondía tanto, y me ordenaba: Bueno, hágale cuentas a su mamá. Yo amaba a mi mamá, todavía la amo y la seguiré amando hasta medio minuto antes de morir. Me daba dos pesos para que me fuera a comprar las paletas que iba a vender”.
Caminaba horas con su caja de paletas: “A veces, me iba a vender hasta el Estado de México, ahí en donde fusilaron a mi amigo el general Morelos, hasta allá [en Ecatepec], y luego me daba la vuelta. Fui un niño callejero, y qué bueno. Ese soy yo”.

Algunos diseños de la serie Lecturas mexicanas, FCE, (1976-1986).
El padre de su papá, Mariano, también vendía paletas y dibujaba; el padre de su mamá, Emeterio, vendía gelatinas y era un amante de la lectura. López Castro comenta: “Con mis abuelos empecé a encontrarle gusto a lo impreso. Emeterio me enseñó a leer, me decía: A ver, léame esas aventuras de Pancho Villa, y me gustaba. Y Mariano me pedía: Dibuje unas muchachas, pero no las haga ni muy gordas ni muy flacas. Entonces, uno me hizo lector y el otro dibujante; para mí, estar con mis abuelos era un recreo”.
En la secundaria, el maestro de Biología, Humberto Pliego, “militante socialista”, viendo sus habilidades le pidió que pintara bardas y mantas con los rostros de Hidalgo, Morelos, Juárez, Zapata. Así comenzó a dibujar fuera de su círculo familiar.
A los 18 años, una novia y su habilidad para dibujar lo llevaron, con la ayuda de un amigo, a pedirle trabajo a Carlos Flores Heras, quien tenía un despacho en el que se formaban libros, revistas, suplementos culturales. Lo contrató como ilustrador, pero también le enseñó a calcular la tipografía y el lenguaje del diseño: columna, interlineado, medianil, cabezas, etcétera. “Él me impulsó mucho, me decía: ¿Dónde va a poner ese texto? No, no, no, súbale aquí, bájele allá, que se lea bien. Lo importante en este trabajo es que la gente lea con comodidad. Hasta la fecha ese es mi lema: dibujar, diseñar para que la gente lea con gusto”.
Ahí aprendió los rudimentos del diseño gráfico y conoció el trabajo de Vicente Rojo, quien diseñaba el suplemento La cultura en México, de la revista Siempre!, que Flores Heras leía. Luego comenzó a interesarse en las portadas que Rojo hacía para las editoriales Joaquín Mortiz y Era, admirándolo cada vez más.
Dos años trabajó con Flores Heras, después emprendió su propio camino como freelance, haciendo fotos, otra de sus pasiones, para revistas como Claudia, que publicaba Novedades Editores. En ese tiempo, sin recordar con precisión cómo, conoció a uno de sus grandes amigos, Juan Manuel Torres, escritor y cineasta muerto en un accidente de tráfico, en Calzada de Tlalpan, la madrugada del 17 de marzo de 1980, unas semanas antes de cumplir 42 años.
“Muy cerca de esa editorial estaba otro lugar que yo aprendí a amar: el Café La Habana (en Bucareli y Morelos). Ese fue mi medio ambiente, una república de diseñadores; en ese tiempo el diseño gráfico no era tan famoso, lo hacíamos porque era nuestro trabajo, pero a mí me gustó. Así fue el asunto y, como dicen en mi tierra, me chingué porque me gustó trabajar”.
López Castro fue un tiempo a la Escuela Nacional de Artes Gráficas, pero insiste en que su maestro fue Carlos Flores Heras, “el primero que me dio chamba y mi mejor crítico. Yo era un adolescente y con él fui aprendiendo. No estudié Diseño, pero sabía dibujar”.
Juan Manuel Torres y él se cayeron bien; cuando platicaban, como López Castro mencionaba a cada rato a Vicente Rojo, un día Juan Manuel lo animó para que fuera a pedirle trabajo a la Imprenta Madero: “Me dijo, vete a la Madero para que tengas un maestro de a deveras.
“Fui y ahí estaba Vicente, mi hermano mayor”.
López Castro sonríe, levanta su jarro con agua y dice: “¡Salud!”
Llevaba muestras de su trabajo, Vicente Rojo las revisó, le dijo que no podía contratarlo, pero hizo una selección de lo que llevaba y le recomendó que se la mostrara a Joaquín Diez-Canedo, el legendario director de Joaquín Mortiz, donde López Castro comenzaría pronto a colaborar.
Años después por fin entró a trabajar a la Madero, “donde hacía sobre todo diseño gráfico, pero también otras cosas, como calcular la tipografía. Me preguntaban: a ver, ¿cuántas letras van a caber en una página? Y ahí estaba yo, contaba una línea, la multiplicaba por la cantidad de líneas que llevaba una página y ya. En ese tiempo la computadora no era la divina garza envuelta en huevo. Éramos los diseñadores los que hacíamos todo”.
Al preguntarle cómo era el trato con Vicente Rojo, responde: “Uf, uf. Es mi hermano mayor, ya te lo dije. Siempre nos llevamos muy bien. Nos visitábamos, yo lo visitaba en su casa. Mira, te voy a sintetizar, mis mejores amigos han sido Juan Manuel Torres, Óscar Chávez, Paul Leduc y Vicente Rojo, que era el más elegante”.
Sobre el motivo que lo llevó a renunciar a la Madero, es claro: “Porque uno crece. Después trabajé en muchos lugares. Mi preocupación nunca fue tener dinero, sino conocer, trabajar en muchas cosas”.
Dice que sus encuentros con Vicente, Óscar y Paul eran tranquilos: “Nos podíamos echar un tequilita, pero yo nunca he sido un buen bebedor y Paul y Vicente tampoco eran bebedores”.
En una reunión, Alba Cama, esposa de Vicente Rojo, que estaba en el FCE, lo invitó a trabajar en la serie Lecturas Mexicanas, que entonces estaba en proyecto. Para las portadas, López Castro tomó como modelo lo que hacía el santanderino Daniel Gil en Alianza Editorial, pequeñas instalaciones que luego fotografiaba. “Yo hacía de la fotografía una parte importante del diseño, y tenía la buena costumbre de leer, que todavía conservo. Leía el libro, o por lo menos le pedía a alguien que lo contara, y hacía mis bocetos. Me acostumbré a no diseñar si no sabía de qué se trataba el texto. Hice 200 portadas, ahí tengo la colección”.
En el trabajo de López Castro son muy importantes los carteles, y entre ellos los de cine, de películas, festivales, ciclos de grandes directores. ¿Cómo se involucra en ese ambiente? Afirma que por Juan Manuel: “Él es mi gran impulsor en ese momento, en los años setenta, con otro gran personaje, Sergio Olhovich”.
Comenta que comenzó a diseñar carteles por gusto personal: “Los pegaban en la calle. En ese tiempo, el cartel en la calle no era tan famoso, pero empezaba a ponerse de moda”. (“Te voy a enseñar algunos carteles”, dice, y su hijo se encarga de sacarlos de la mesa de trabajo; muchos son muy conocidos, como el de Ramón López Velarde con un beso tricolor pintado en la comisura de los labios.)

Algunos de los carteles más conocidos de Rafael López Castro, incluidos en Suave trazo.
Cuando se le inquiere sobre su proceso creativo, responde: “Soy muy preguntón, pregunto o platico sobre el trabajo que voy a hacer. Acostumbro tener un block que voy rayando para ver qué se me ocurre, porque hay que tener ideas; si no tienes ideas ya te chingaste”.
López Castro se asume un enamorado de la fotografía. Durante muchos años recorrió la ciudad con su cámara para registrar imágenes que luego utilizaba en sus diseños. En la actualidad, en su trabajo cuenta con la colaboración de su hijo: “Siempre dependí de mis ayudantes en la modernidad, no sé ni encender la computadora, y Guillermo es mi mano derecha y mi mano izquierda”.
López Castro habla con gusto de Suave trazo (“ahí está mi carrera”), elogia el diseño de Germán Montalvo y dice que quiere preparar una exposición con sus trabajos. ¿De todo lo que ha hecho, de qué se siente más satisfecho? “Me siento satisfecho —dice— de haber trabajado, nunca me he colgado de nadie. Eso lo aprendí de mi madre: nunca le pidas a la gente más de lo que te puede dar”.
Antes de comenzar a revisar más carteles, de “presumirlos”, como él dice, comenta: “Siempre me ha gustado el buen trato, no pelearme con nadie, si no podía o no quería hacer algo, lo decía. Mis parientes me decían: A ver, ¿gana más peleándose o diciendo que no puede?”
Admirado por sus colegas y por toda la gente que conoce su trabajo, López Castro afirma: “Mis fanáticos son la gente que me quiere, mis tíos, por ejemplo. Tengo un tío, mi tío Lupe, que es de Degollado, igual que yo, que me dice: ¿Qué, de veras trabaja?
Parte de una familia de once hermanos, tres hombres, uno de los cuales murió muy pequeño, y ocho mujeres, López Castro cierra el círculo con el que comenzó la entrevista diciendo: “Al final, soy un niño de la calle, me gustó mucho y lo aproveché”.
Coordinación editorial: Alberto Tovalín Ahumada.
Diseño gráfico editorial y curaduría de contenidos: Germán Montalvo y Jacqueline Montalvo.
Con textos de 51 autores, entre ellos Vicente Rojo, Juan Villoro, Alejandra Moreno Toscano, Carlos Monsiváis, Humberto Musacchio y Felipe Garrido.
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