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Por la sincordia de nuestra Nación – El Sol de México

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julio 04, 2022

Betty Zanolli

Betty Zanolli

  / domingo 3 de julio de 2022
En 1665 el físico holandés Christiaan Huygens dio cuenta de un fenómeno: apenas ponía en marcha sus relojes de péndulo, éstos se sincronizaban en su vaivén y decidió denominarlo “simpatía”. Siglos más tarde, científicos como Amit Goswami -el autor de “¿Y tú que sabes?”- confirmaron que si algo se encuentra interconectado en la Naturaleza son las partículas subatómicas, que además de coincidir entre sí están en conexión con quien las esté observando, confirmando con ello que ciencia y conciencia se intercomunican. Fundamento de lo que para muchos es el origen de la “mente cuántica” o mente creadora que puede alterar la realidad desde el momento en que logra incidir en ésta. Sin embargo, esto es tan sólo uno de los múltiples aspectos de los que apenas si sabemos algo y que está en estrecha asociación con muchos otros fenómenos con los que la naturaleza en todo momento nos sorprende, y es que así como las luciérnagas logran uniformar sus destellos, los peces su nado y las aves su vuelo, la ciencia ha demostrado que también nuestros corazones pueden llegar a latir al mismo tiempo: sincrónicamente, y dar con ello cabida -materialmente hablando- a la concordia, que no es otra que la sincordia, el prodigio por el que dos o más corazones (en un número que podría llegar al infinito) terminan latiendo al unísono.
Tendencia al acoplamiento frecuencial que es ley natural y que en el seno de la sociedad humana se manifiesta a través de múltiples experiencias visuales y sonoras, tal y como lo confirman los antropólogos y fisiólogos que, partiendo de lo expuesto por el psicólogo Carl Gustav Jung y el físico cuántico Wolfgang Pauli en su obra conjunta “Sincronicidad como principio de conexiones acausales” en la que abordan la estrecha interdependencia que existe entre la psique y el mundo material, han podido detectar la ocurrencia de este fenómeno en rituales, ceremonias y eventos deportivos. Fenómeno que en el mundo de la música se manifiesta igualmente entre los integrantes de una orquesta y los miembros de un coro, alcanzando mayor perfección entre más involucramiento hay entre el individuo y el acto al que asiste o del que es parte, y que en el de las relaciones amorosas alcanza su clímax, pues como lo han podido confirmar científicos de todo el mundo: si algo hace poderoso a un beso de amor es que en él los corazones se funden latiendo al unísono.
¿Cuál es la razón de ello? Para muchos la explicación radica en que en el corazón hay una especie de “mente cuántica”, dado que en dicho órgano -hoy se sabe- existen neuronas y esto hace que al recibir el corazón emociones coherentes de enorme intensidad el resto del organismo y lo que le rodea se vean “afectados” positivamente. En cambio, cuando el corazón recibe emociones “incoherentes” a través del campo electromagnético, dicha incoherencia se extiende a todos los sistemas del cuerpo y los altera. Mucho nos falta por saber al respecto, pero por lo pronto podemos afirmar que así como el amor es poderoso motor que catapulta el equilibrio y armonía entre los seres humanos, también ellos puede ser en extremo vulnerables cuando en su lugar predominan el odio, la ira y el rencor, todas ellas emociones negativas que, lejos de promover la sincordia, son detonantes de lo contrario: el conflicto y la discordia, que no son sino la lucha entre los hombres precipitada por la ruptura entre sus corazones.
De ahí lo delicado de toda comunicación interhumana. Una palabra de amor basta para fomentar la fusión entre los corazones, pero también una palabra impía, espuria y blasfema bastan para destruir todo lazo de sincordia social, tal y como la historia nos lo confirma. Un discurso, a veces una sola palabra estigmatizante, han sido suficientes para promover ejecuciones, linchamientos, masacres y carnicerías humanas contra individuos y grupos sociales, lo mismo por razones políticas que sobre todo de índole étnico y religioso, como lo confirman las persecuciones y masacres de cristianos, judíos y musulmanes, protestantes y católicos -como dan fe hugonotes y cristeros-. En todos los tiempos y en todos los espacios, el hombre ha sido y es una bestia de hambre insaciable de sí misma, pues como lo refirió el padre jesuita Javier Dávila: “Es muy fácil ser humano, pero es muy difícil hacerse humano”.
La mayor estrategia política de Hitler fue usar al propio lenguaje para manipular, agredir y difamar a los que él señaló como los “enemigos” del Reich y con ello polarizó, fracturó y dividió los corazones de una Nación. ¿La consecuencia? El holocausto y después el “olvido” y la negación. ¡Qué fácil! Pero aún más trágico es que su proceder reviva. Por eso el padre Dávila declaró también: “los sistemas le apuestan al olvido. Nosotros le apostamos a la memoria”, y yo me permito agregar y a la sincordia, porque enfermar de odio y dividir los corazones de una colectividad humana es, además de un acto antinatura, un proceder inhumano y criminal que una sociedad como la mexicana, que lo sabe y lo vive, no debería tolerar ni mucho menos secundar.

bettyzanolli@gmail.com
@BettyZanolli
En 1665 el físico holandés Christiaan Huygens dio cuenta de un fenómeno: apenas ponía en marcha sus relojes de péndulo, éstos se sincronizaban en su vaivén y decidió denominarlo “simpatía”. Siglos más tarde, científicos como Amit Goswami -el autor de “¿Y tú que sabes?”- confirmaron que si algo se encuentra interconectado en la Naturaleza son las partículas subatómicas, que además de coincidir entre sí están en conexión con quien las esté observando, confirmando con ello que ciencia y conciencia se intercomunican. Fundamento de lo que para muchos es el origen de la “mente cuántica” o mente creadora que puede alterar la realidad desde el momento en que logra incidir en ésta. Sin embargo, esto es tan sólo uno de los múltiples aspectos de los que apenas si sabemos algo y que está en estrecha asociación con muchos otros fenómenos con los que la naturaleza en todo momento nos sorprende, y es que así como las luciérnagas logran uniformar sus destellos, los peces su nado y las aves su vuelo, la ciencia ha demostrado que también nuestros corazones pueden llegar a latir al mismo tiempo: sincrónicamente, y dar con ello cabida -materialmente hablando- a la concordia, que no es otra que la sincordia, el prodigio por el que dos o más corazones (en un número que podría llegar al infinito) terminan latiendo al unísono.
Tendencia al acoplamiento frecuencial que es ley natural y que en el seno de la sociedad humana se manifiesta a través de múltiples experiencias visuales y sonoras, tal y como lo confirman los antropólogos y fisiólogos que, partiendo de lo expuesto por el psicólogo Carl Gustav Jung y el físico cuántico Wolfgang Pauli en su obra conjunta “Sincronicidad como principio de conexiones acausales” en la que abordan la estrecha interdependencia que existe entre la psique y el mundo material, han podido detectar la ocurrencia de este fenómeno en rituales, ceremonias y eventos deportivos. Fenómeno que en el mundo de la música se manifiesta igualmente entre los integrantes de una orquesta y los miembros de un coro, alcanzando mayor perfección entre más involucramiento hay entre el individuo y el acto al que asiste o del que es parte, y que en el de las relaciones amorosas alcanza su clímax, pues como lo han podido confirmar científicos de todo el mundo: si algo hace poderoso a un beso de amor es que en él los corazones se funden latiendo al unísono.
¿Cuál es la razón de ello? Para muchos la explicación radica en que en el corazón hay una especie de “mente cuántica”, dado que en dicho órgano -hoy se sabe- existen neuronas y esto hace que al recibir el corazón emociones coherentes de enorme intensidad el resto del organismo y lo que le rodea se vean “afectados” positivamente. En cambio, cuando el corazón recibe emociones “incoherentes” a través del campo electromagnético, dicha incoherencia se extiende a todos los sistemas del cuerpo y los altera. Mucho nos falta por saber al respecto, pero por lo pronto podemos afirmar que así como el amor es poderoso motor que catapulta el equilibrio y armonía entre los seres humanos, también ellos puede ser en extremo vulnerables cuando en su lugar predominan el odio, la ira y el rencor, todas ellas emociones negativas que, lejos de promover la sincordia, son detonantes de lo contrario: el conflicto y la discordia, que no son sino la lucha entre los hombres precipitada por la ruptura entre sus corazones.
De ahí lo delicado de toda comunicación interhumana. Una palabra de amor basta para fomentar la fusión entre los corazones, pero también una palabra impía, espuria y blasfema bastan para destruir todo lazo de sincordia social, tal y como la historia nos lo confirma. Un discurso, a veces una sola palabra estigmatizante, han sido suficientes para promover ejecuciones, linchamientos, masacres y carnicerías humanas contra individuos y grupos sociales, lo mismo por razones políticas que sobre todo de índole étnico y religioso, como lo confirman las persecuciones y masacres de cristianos, judíos y musulmanes, protestantes y católicos -como dan fe hugonotes y cristeros-. En todos los tiempos y en todos los espacios, el hombre ha sido y es una bestia de hambre insaciable de sí misma, pues como lo refirió el padre jesuita Javier Dávila: “Es muy fácil ser humano, pero es muy difícil hacerse humano”.
La mayor estrategia política de Hitler fue usar al propio lenguaje para manipular, agredir y difamar a los que él señaló como los “enemigos” del Reich y con ello polarizó, fracturó y dividió los corazones de una Nación. ¿La consecuencia? El holocausto y después el “olvido” y la negación. ¡Qué fácil! Pero aún más trágico es que su proceder reviva. Por eso el padre Dávila declaró también: “los sistemas le apuestan al olvido. Nosotros le apostamos a la memoria”, y yo me permito agregar y a la sincordia, porque enfermar de odio y dividir los corazones de una colectividad humana es, además de un acto antinatura, un proceder inhumano y criminal que una sociedad como la mexicana, que lo sabe y lo vive, no debería tolerar ni mucho menos secundar.

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